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Ejemplos de oraciones con la palabra vivero

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra vivero en el contexto de una oración.

Término vivero: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "vivero" aquí tienes una selección de 76 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra vivero para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • Al Vivero.
  • ¡Maldito Vivero!
  • El Vivero, Mayo 1.
  • No iría al Vivero.
  • Al Vivero, de fijo.
  • Acompáñeme al Vivero.
  • Veremos allá en el Vivero.
  • Se iba al Vivero muy a menudo.
  • ¡Cómo el Vivero! ¿Y ustedes?
  • Si este señor viniera al Vivero.
  • ¡El Vivero! Paco adivinó y admiró.
  • Y pronto, para ir en seguida al Vivero.
  • El nuevo régimen, la higiene, el Vivero.
  • De don Fermín que no quiere venir al Vivero.
  • ¿Qué estarían diciendo de él en el Vivero?
  • He traído al Vivero algunos libros de mi padre.
  • Ya se sabía que al Vivero no se iba a otra cosa.
  • Lo que ahora le pesaba era no haber seguido al Vivero.
  • Paco tiene razón, ¡al Vivero! se van ustedes al Vivero.
  • ¡El Vivero! ¡Bravo, bravo, eureka! repetía el Marqués.
  • Don Fermín se había propuesto no ir al Vivero aquella tarde.
  • La Regenta no pensaba en los títulos de propiedad del Vivero.
  • Voy al Vivero a hacer vida de aldeana, a correr, respirar, engordar.
  • Pertenecía el Vivero a la parroquia rural de San Pedro de Santianes.
  • Llegaron, sin hablar apenas durante el viaje, a las tapias del Vivero.
  • Y sabré lo del Vivero, que me parece que no fue nada entre dos platos.
  • He dado dos vueltas a todo el corredor como si nunca hubiera visto el Vivero.
  • A veces se me antoja todo el Vivero escenario de una comedia o de una novela.
  • Pero no quiso pensar en los peligros que la estancia en el Vivero podía tener.
  • Las excursiones al Vivero se habían repetido con frecuencia durante todo Octubre.
  • Mesía y Paco, en los días anteriores, habían venido varias veces al Vivero, a caballo.
  • Ana en todo el camino de Vetusta al Vivero no dijo más que esto, y bajo, al oído de Álvaro.
  • Como la romería de San Pedro hubo muchas durante el mes de julio por los alrededores del Vivero.
  • Esperó algunos minutos, con la cabeza tendida en dirección del Vivero, espiando todos los ruidos.
  • Se acordó de que Ripamilán le había hablado varias veces de un pozo seco que había en el Vivero.
  • Figúrate aquí, en medio del Vivero, ahí, junto al estanque, figúrate a Gayarre o a Masini cantando.
  • Después de comer, a todos los amantes del Vivero les preocupó la idea de que la tarde sería muy corta.
  • ¡Al Vivero, a escape! gritó don Fermín dejándose caer como un plomo sobre el asiento duro que crujió.
  • Más de una vez, en medio del bosque del Vivero, a solas con Ana, don Álvaro se había sentido en ridículo.
  • Se la vio en casa de Vegallana y en las Paulinas, en el Vivero y en el Catecismo, en el teatro y en el sermón.
  • El reloj de la catedral, a media legua del Vivero, dio las diez, pausadas, vibrantes, llenando el aire de melancolía.
  • La repugnancia que por los juegos locos del Vivero sentía Anita, era romanticismo refinado en opinión de la del Banco.
  • La comitiva tomará el camino de la calleja de abajo y cuando lleguemos nosotros a la iglesia, ya estarán en el Vivero.
  • (No había tal cosa, era un pretexto para cumplir su propósito de no ir al Vivero.) Le secuestramos había dicho Obdulia.
  • él mismo, vestido de canónigo con traje de coro, casaba en la iglesia parroquial del Vivero a don Álvaro y a la Regenta.
  • Sin embargo, para que fuese menos ridícula su situación en el Vivero, le parecía muy oportuno poner por obra lo que meditaba.
  • Su última mirada fue para la lontananza del camino del Vivero por donde había visto desaparecer entre nubes de polvo los coches.
  • Cuando el Magistral llegó al Vivero no había ningún convidado en la casa, ni los Marqueses, ni los de Quintanar estaban tampoco.
  • El Marqués tiene la vanidad de hacer que la entrada al Vivero habitable sea por aquí, por delante de la antigua mansión señorial.
  • Paco y la Marquesa, que han venido a darnos posesión del Vivero, comen con nosotros y de tarde, al caer el sol, se vuelven a Vetusta.
  • Muchas veces, cuando una tormenta como la de San Pedro descargaba sobre el Vivero, se quedaba allí toda la comitiva a pasar la noche.
  • Un día de Noviembre, de los pocos buenos del Veranillo de San Martín, se emprendió la última excursión, por aquel año, al Vivero.
  • Los vetustenses que tienen la dicha de ser convidados a las excursiones del Vivero son los personajes de las escenas que aquí se representan.
  • Y ahora un presentimiento le decía que todo había acabado, que Ana ya no era suya, que iba a perderla, y que aquel viaje al Vivero era ridículo.
  • Esto lo supieron poco después los médicos, en la casa nueva del Vivero, adonde se trasladó, como se pudo, el cuerpo inerte del digno magistrado.
  • Y dejó el Vivero, no tan a escape como él hubiera querido, sino a un trote falso que poco a poco se fue convirtiendo en un paso menos que regular.
  • Sobre la alfombra yacían dos o tres libros, pedazos de papel, barro del Vivero, hojas de flores, y una rota de Begonia, como un pedazo de brocado viejo.
  • Pero ello era que el mundo parecía alegrarse, que la idea del Vivero la fortificaba como un placer positivo, de los que se gozan cuando duran las ilusiones.
  • ¡Cosa extraña! Yo no había visto el Vivero hasta ahora, lo que se llama ver, hasta ahora nunca había comprendido esta armonía íntima del lujo y del campo.
  • Sí, si he de acabar por ir, si estoy seguro de que al fin he de tomar el camino del Vivero, más vale ahorrarme el tormento de la batalla y declararme vencido.
  • Sabía que al Vivero iban todos aquellos locos, Visitación, Obdulia, Paco, Mesía, a divertirse con demasiada libertad, a imitar muy a lo vivo los juegos infantiles.
  • El landó se dobló sin ruido, nos sacudió un poco, dejamos la carretera de Santianes y las ruedas rebotaron sobre la grava nueva de la carretera estrecha del Vivero.
  • No cabe negar que la resolución del Magistral estuvo a punto de quebrantarse, pero le pareció indigno de él mostrar tan poca voluntad y temió además lo que podía suceder en el Vivero.
  • La mayor parte de los convidados abajo, en el salón, se preparaban a volver a Vetusta, otros preferían aceptar la hospitalidad que los Marqueses les ofrecían en el Vivero por aquella noche.
  • Fue a la catedral, pero no pudo parar allí y a las nueve y media ya estaba en medio de la carretera de Santianes o del Vivero paseándola a lo ancho, agitado, pálido, de un humor de mil diablos.
  • Fingió no recordar siquiera ciertas promesas de otro orden que a don Fermín se le habían escapado en el calor de la improvisación en aquella dichosa mañana del Vivero, de que estaba avergonzado.
  • El Vicario general de Vetusta, a buen paso tomó el camino del Vivero, después de dejar las calles torcidas de la Encimada y llegó al Espolón cuando ya estaban encendidos los faroles y desierto el paseo.
  • A pesar de la delicadeza de don Víctor, quedó decretado que su mujer y él y los criados que quisieran llevar, irían a pasar aquellos meses que pedía Benítez en el Vivero, donde serían dueños absolutos.
  • Don Víctor, loco de contento, salió del Vivero con su mujer y con Petra y se instaló en el puerto mejor de la provincia, La Costa, villa floreciente más rica que Vetusta, emporio del cabotaje y vestida muy a la moda.
  • Idea tuvo de arrojarse del coche, y a pie, a todo correr, volver furioso al Vivero a sorprender lo que el presentimiento le daba por seguro, lo que no había pasado tal vez en el bosque, pero lo que estaría pasando en la casa.
  • Era el caso que, en su opinión, el Magistral era amante de doña Ana hacía mucho tiempo, y que la escena del bosque del Vivero la interpretó la vanidad de la criada como una victoria de su belleza que había hecho caer en pecado de inconstancia al canónigo.
  • Del marqués de Vegallana invitándole a pasar el día siguiente, desde la hora en que le dejasen libre sus deberes de la catedral, en el Vivero en compañía de los dueños de la quinta y de sus actuales inquilinos los señores de Quintanar, más otros muchos buenos amigos.
  • Pero esta vez se había improvisado aquella fiesta de confianza y se comía a la española, por excepción, para visitar por la tarde, en los coches de la casa, la quinta del Vivero, donde el Marqués tenía un palacio rodeado de grandes bosques y una fábrica de curtidos, montada a la antigua.
  • Después de las hojas del libro de memorias que se referían, a su modo, a la materia que va reseñada brevemente, Ana encontró, y en ella se detuvo, la página en que rápidamente había reflejado sus impresiones al entrar en el Vivero en un día de Abril que parecía de Junio, alegre, ardiente, despejado.
  • Aunque en la primer ocasión oportuna Don Álvaro se había hecho ofrecer por el mismo Quintanar el caserón de los Ozores, y ya había aventurado algunas visitas, comprendió que por entonces no debía ser aquel el teatro de sus tentativas, y donde se insinuaba era en el Espolón, con miradas y otros artificios de poco resultado, o en casa de Vegallana y en las excursiones al Vivero con más audacia, aunque no mucha, pero con escasa fortuna.
  • Allá en el Vivero los convidados habían puesto a mal tiempo buena cara, y mientras en el palacio viejo los curas rurales, el Marqués, y algunos otros señores de Vetusta jugaban al tresillo a primera hora y más tarde al monte, que llamaba el clero del campo la santina, en la casa nueva todas las damas y los caballeros que habían querido correr por los prados en la romería, procuraban divertirse como podían y se bailaba, se tocaba el piano, se cantaba y se jugaba al escondite por toda la casa.